Sobre mí

Irene Cruz

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Un espacio pensado para entender lo que estás viviendo desde tu contexto y ayudarte a relacionarte de una forma más amable con aquello que hoy te pesa o te duele.

Irene Cruz en consulta
Espacio terapéutico

Licenciada en Psicología por la Universidad de Almería, mi trayectoria profesional ha estado ligada desde muy pronto al acompañamiento de personas autistas y sus familias. Durante la carrera comencé como voluntaria en una asociación de TEA y aquella experiencia terminó marcando profundamente mi manera de entender la intervención: desde la cercanía, el respeto y la importancia de adaptarse a cada persona y a su contexto.

Con el tiempo fui especializándome en intervención infantil y neurodesarrollo, realizando el Experto en Atención Temprana, el Máster en Psicología General Sanitaria y el Máster en Intervención ABA en Autismo y otros trastornos del desarrollo por ABA España. Además, me preparé para la certificación BCBA. También viví varios años en Perú, donde trabajé como supervisora clínica acompañando a familias, profesionales y equipos de intervención.

Actualmente compagino la intervención infantil basada en ABA y RFT con la práctica clínica en adultos desde Terapias Contextuales, especialmente ACT y FAP.

Pero más allá de la psicología, siempre me ha interesado entender a las personas. Desde pequeña observaba mucho a quienes tenía alrededor e intentaba comprender por qué hacemos lo que hacemos, incluso cuando a veces nos duele o nos aleja de la vida que queremos.

Con el tiempo también he ido aprendiendo sobre mí. Mi parte más humana probablemente sea el miedo: el miedo a que le ocurra algo a las personas que quiero, a la incertidumbre o al mundo que estamos construyendo. Y aunque durante mucho tiempo intenté alejarme de él, hoy entiendo que muchas veces el miedo habla también del amor, del cuidado y de aquello que nos importa profundamente.

Siempre me han dado miedo las alturas y las arañas. Pero desde que soy madre intento no transmitirle esos miedos a mi hijo. En lugar de enseñarle a vivir desde el “no hagas”, intento acompañarlo desde el cuidado, los límites y el respeto: mirar por dónde pisa, entender que todos los seres vivos importan y aprender a convivir incluso con aquello que nos asusta. Así que ya no mato arañas ni salgo corriendo. Intento dejarlas tranquilas o llevarlas a un lugar seguro. Supongo que por eso ahora mi casa tiene algunas telarañas en las esquinas del techo.

El mar siempre ha sido uno de mis lugares para volver a la calma. Desde adolescente, cuando necesitaba parar o estar conmigo, me iba a escuchar las olas. También me reconfortan el jazz, la salsa, las plantas, el café en taza grande y las pequeñas cosas cotidianas que hacen que la vida se sienta un poco más habitable.

Soy de las que puede ver una misma película decenas de veces y seguir emocionándose aunque ya sepa exactamente lo que va a pasar. La vida es bella, Quédate a mi lado o La decisión de Anne siguen haciéndome llorar igual que la primera vez. Quizá porque nunca he sabido mirar las emociones desde lejos.

Y sí, sigo pagando el gimnasio con la esperanza de convertirme algún día en una persona constante con el ejercicio.

Si alguien pudiera quedarse con una sola sensación sobre mí, me gustaría que fuera esta: que al otro lado hay otra persona humana. Una persona que también teme, ama, llora y sigue aprendiendo mientras acompaña a otros en sus propios procesos.

Cada proceso terapéutico comienza de una manera distinta, pero todos empiezan con un primer paso.

Dar el primer paso